Historia Medieval de Cantabria (II): Del surgimiento del Ducado a Alfonso II


En el año 714 la fuerzas del Califato Omeya llegan a conquistar los valles altos del Ebro y Amaya, obligando a los cántabros a ceñirse a las tradicionales fronteras bélicas, para organizar su defensa. Hacia el año 722, un caudillo llamado Pelayo lograba una victoria militar contra tropas omeyas en Covadonga. Aquel hecho marginal en los confines del Emirato de Córdoba traerá, no obstante, importantes consecuencias para Cantabria, originando una nueva entidad política en la que quedará englobada. El pequeño dominio de Pelayo al abrigo de los Picos de Europa, durante el reinado de su yerno Alfonso I (739-757) hijo del duque Pedro de Cantabria, logró consolidarse como Reino, y conviene no olvidar, como bien nos reitera José Ramón Saiz Fernández en su libro "El Ducado de Cantabria", que los orígenes de esta dinastía fueron lebaniégos y por ende cántabros.

A lo largo del siglo VIII el reino se extendió por toda la Cornisa Cantábrica, protagonizando una serie de campañas contra el Al-Ándalus que provocaron el despoblamiento de la cuenca del Duero. Esta expansión fue paralela a una reorganización del poblamiento, germen de la actual caracterización de las comarcas cántabras. La asimiliación de población hispano visigoda y el triunfo definitivo del cristianismo en estas tierras, alteraron definitivamente los modelos culturales y las bases socioeconómicas de la región, produciéndose asentamientos permanentes en los valles, fructificando la agricultura (cereal, vid, frutas) y consolidándose la ganadería. La estructura tribal prerromana desaparece sustituida por familias nucleares cristianas. Todos estos cambios no estuvieron exentos de tensiones, caso de las rebeliones de siervos estalladas durante los reinados de Aurelio (768-764) y Alfonso II el Casto (791-842), probables revueltas autóctonas contra el nuevo orden sociopolítico, duramente reprimidas. Asimismo destacala triunfante presencia cultural del cristianismo, que basculó sobre la asimilación de los cultos naturalistas, situando iglesias sobre antiguos lugares sagrados, las actualmente llamadas Iglesias ruprestres, fenómeno extendido en las tierras cántabras en este periodo. En su estudio sobre las iglesias rupestres en Valderrible, Ramón Bohígas Roldán concluye que "La función religiosa cristiana de estas construcciones excavadas en roca parece algo fuera de toda duda en función de los detalles comentados en las respectivas descripciones. Más polémica es si nos encontramos exclusivamente ante centros eremíticos y monacales o, si por el contrario, han podido sumar a esta función su condición de templos parroquiales".

Durante este periodo la comarca lebaniega se constituyó pues, como destacabamos antes, en un verdadero refugio de la cultura latina e hispanogoda exiliada del vasto territorio dominado desde Córdoba, conservada en estas Iglesias y en los numerosos monasterios que comienzan a surgir en estas tierras, pilares de la nueva sociedad feudal. A uno de ellos, San Martín de Turieno (actual Santo Toribio), llegó desde Astorga para resguardarlo de la ofensiva islámica el Lignum Crucis, el fragmento más grande conservado de la cruz de Cristo, entre la multitud de presuntos trozos presentes por todo el antiguo continente. Es precisamente en este periodo cuando la ortodoxia católica y la intolerancia religiosa contra la herejía adopcionista, herencia de los tiempos visigodos del arrianismo en su no aceptación del apocalipsis como libro revelado, y extendida entre el cristianismo mozárabe que convivía en tierras de Al-Ándalus, alcanza su culmen. Destaca la figura de Beato de Liébana y sus Comentarios al Apocalipsis de San Juan, joya literaria del cristianismo altomedieval. Cabe destacar, además, que impulsó el mito de la presencia del apóstol Santiago en Hispania, germen del milagroso descubrimiento de su sepulcro en tierras gallegas (814). En esta época proliferaron pues por la región iglesias y monasterios construidos en un estilo arquitectónico singular, el Románico. Surgen así Santo Toribio y Santa María de Piasca en Liébana; Santa Juliana, Emeterio y Celedonio, y Santa Cruz de Castañeda en Asturias de Santillana; Santa María de Puerto en Trasmiera o San Pedro de Cervatos, San Martín de Elines y Santa María de Aguilar en Campoo. Los campesinos les cedían la propiedad de la tierra que trabajaban a cambio de protección (material y espiritual), pagada con una parte de los productos cultivados; otras veces laboraban, como arrendatarios o colonos, parcelas propiedad de los monasterios. Su abundancia inicial menguó a causa de la pugna por el control de la tierra que se estableció entre ellos, persistiendo finalmente los más poderosos. Según el estudioso Esteban Saiz Vidal: "Para el periodo de algo más de un siglo que se extiende entre el reinado de Alfonso II y el de Alfonso III, ambos inclusive, se cuenta con un total de 30 escrituras referidas a los territorios de la actual Cantabria. En los fondos del monasterio gallego de Samos se conserva un interesante documento del 818, un pacto procedente de un monasterio originariamente dúplice de la Liébana, San Pedro y San Pablo de Naroba. La segunda parte de esta escritura consta de dos apartados, el primero se refiere a la entrega que de su propia persona y de sus bienes realizó un monje de nombre Arias. Los bienes, muebles e inmuebles donados se localizan tanto en Liébana como "foris monte". El segundo apartado informa de algo semejante, la entrega que de su persona y bienes realizó un tal Alfonso a los santos apóstoles Pedro y Pablo y al abad Arias, tío suyo. Tanto Arias como su sobrino recalcan que hacen cesión de sus bienes y también de sus personas". Este tipo de pactos y cesiones tiene su origen en época visigoda y está considerado como una modalidad característica del monacato hispánico.

Alfonso I, como hemos comentado, hijo de Pedro, Duque de Cantabria, coincidiendo con la batalla de Covadonga, pacto con Pelayo, primer héroe de la Reconquista, sus nupcias con Hermesianda, hija de éste último, a fin de unificar fuerzas y defenderse de la invasión árabe, según argumenta el estudioso José Ramón Saiz Fernández. El Duque Pedro, apoyaría a Pelayo en la sublevación contra la invasión, sublevación exitosa, según la historiografía tradicional, en parte por ese carácter guerrero propio de los cántabros al que el historiador romano Silio Itálico se refirió en éstos términos: ""El cántabro, invencible ante el frío, el calor y el hambre, se lleva antes que nadie la palma en toda clase de trabajos. ¡Admirable amor a su pueblo! Cuando la inútil edad senil comienza a encanecerle, pone fin a sus años, ya no aptos para la guerra, envenenándose con el tejo. Para él es imposible vivir sin la guerra, pues toda la razón de su vida la pone en sus armas, considerando un castigo vivir para la paz.", y en parte gracias a las escarpaduras propias del territorio, que hacían del acceso a sus emplazamientos una tarea ardua y complicada. De este modo fue el Duque Pedro quien en Cosgaya cortó al invasor fugitivo la retirada tras la derrota de Covadonga. Este territorio de Cosgaya, se antoja pues muy importante en esta época emergiendo como un importante centro religioso, ya que contó con un importante monasterio, el de Santa María de la Selva, posteriormente agregado al de Santo Toribio, y militar. Alfonso I levantó en esta zona varias Iglesias, de ahí el apodo de "El católico".

Fruela I, hijo de Alfonso I reinó hasta el año 768, heredando el trono entonces el Rey Aurelio, una vez roto el sistema de monarquía hereditaria volviéndo elsistema godo de elección de monarca.Tras el es elegido Aurelio, hijo de Fruela y sobrino de Alfonso I, lo que dá cuenta de la fuerza del linaje de Pedro I en la incipiente monarquia cantabro-astur. Fué su reinado, según la Crónica alfonsina, una época de paz ("...no dió batalla ninguna, pues tuvo paz con los árabes"). En 774 se proclamó rey Silo, noble casado con una hija de Alfonso I, que fijó su residencia y por ende la capitalidad en Pravia, abandonando la anterior de Cangas de Onís. De su sucesor Mauregato cabe destacar su resistencia al intento de incursión musulmana así como que durante su reinado, según estudiosos como el cántabro Pereda de la Reguera, se desarrolló la parte más activa de la vida de Beato de Liébana. Tras su muerte en 789 accedió al trono Vermudo, sobrino de Alfonso I y hermano del Rey Aurelio,. Era hijo de Fruela, y, por tanto, nieto de Pedro Duque de Cantabria. Tras una fugaz estancia en el trono volvió a su condición monacal, siendo elegido Rey el hijo de Fruela, Alfonso, conocido como Alfonso II el Casto.

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