Historia Medieval de Cantabria: Introducción


Para intentar entender una Historia tan escasa de fuentes directas como es la Historia Medieval de Cantabria, debemos partir de los tiempos de dominio romano en estas tierras, tras el fin de la llamadas Guerras Cántabras, que tuvieron lugar del año 29 al 19 a. C. entre el Imperio romano y los distintos pueblos astures y cántabros que habitaban territorios conocidos ya por los antiguos romanos como Asturiae y Cantabri, en el norte de la península ibérica. Una vez culminada  la conquista, Roma llevará a cabo una organización administrativa del territorio de los cántabros cuyo fin está orientado a su explotación económica. Así, y aunque a priori se trataba de tierras poco fértiles y de escaso aprovechamiento agrícola,  se inicia un política expansiva de construcción de infraestructuras. Entre ellas destacan por su importancia las ciudades de Julióbriga y Flavióbriga,  así como diversos puertos y calazadas. Ya en época de Augusto se construyó la mencionada ciudad de Julióbriga ( junto a la actual Reinosa), capital administrativa de la región, y su Puerto de la Victoria (Santander) hacia el año 25 antes de Cristo, lo que inició la articulación del primer sistema portuario de la región. Por su parte, Vespasiano fundó en el año 69 y en la costa del pueblo de los autrigones, vecino y afín a los cántabros, la única colonia de veteranos romanos que hubo en el Cantábrico: Flavióbriga, actual puerto y ciudad de Castro Urdiales. Otros puertos romanos documentados en la región fueron Portus Blendium (Suances) y Portus Vereasueca (San Vicente de la Barquera). Desde todos ellos se extendió una bien articulada red de calzadas, tanto primarias como secundarias, que permitieron activar la explotación y el comercio. Las razones que fundamentan todas estas infraestructuras son principalmente económicas, ya que si bien,como comentabamos antes, no eran las tierras cántabras muy ricas en lo que respecta a suelos agrícolas, si que albergaban, en el subsuelo, una riqueza minera que no escapó a la mirada de Roma: eran ricas fundamentalmente en sal, cinc, plomo y hierro. La riqueza minera de estas tierras está documentada en textos como el de Plinio "el viejo":

"..Esta piedra nace también en Cantabria. No es el verdadero imán que se encuentra en veta continua, sino otro que aparece en núcleos dispersos que llaman "bulbatones". De todas las venas metalíferas, la más abundante en Cantabria es la de hierro. En la zona marítima que baña el Océano hay un altísimo monte que, parece increíble, todo él es de metal, como ya dijimos al hablar del Océano..."

Naturalis Historia, XXXIV, 149.

MAPA DEL TERRITORIO EN ÉPOCA ROMANA

La presencia romana en estas tierras se extendió hasta el siglo V, y es aún constatable a través de los diversos yacimientos arqueológicos de esta época que podemos encontrar diseminados por toda Cantabria, aunque bien es cierto que desde bien entrado el Siglo III, el Imperio Romano estaba sumido una profunda crisis económica, social e institucional que inició un largo proceso de transformación en la práctica totalidad de las estructuras que habían mantenido al Imperio. En las tierras de Cantabria, la cultura romana había introducido, entre otras muchas aportaciones como la moneda, el concepto de gens o familia, o el latín, el Cristianismo, aportación clave para conocer la idiosincrasia de los cambios que acaecerán durante las siguientes centurias. Así, a partir del siglo V, irrumpirían en estas tierras, pueblos del centro y el este del continente, en su mayoría atraídos por la mayor riqueza de las tierras sudoccidentales. El resultado de ese proceso fue la ruptura de la organización política y administrativa que el Imperio romano había adoptado, en las distintas provincias en que se dividía Hispania administrativamente.

En los territorios de Hispania las invasiones se sucedieron a partir del año 409. De este modo penetraron sucesivamente Suevos, Vándalos, Alanos y, especialmente, Visigodos. En éste ultimo caso penetran como aliados de Roma, a través de un «foedus» o tratado, derrotando a los alanos y a parte de los vándalos, con lo que el Imperio recuperó el control de las regiones más romanizadas (la Bética y el sur de la Tarraconense), estableciéndose definitivamente en la Península a partir del siglo VI. El aporte poblacinal de los Visogodos, según fuentes de la época como Procopio de Cesarea, historiador bizantino del siglo VI, fue de unos doscientos mil individuos, población que poseía unos rasgos diferenciadores que le distinguían de los demás pobladores. Entre ellos destacamos un hecho, y es que eran arrianos, doctrina cristiana, que aunque fue declarada herética en el año 325, en el Concilio de Nicea, pervivió entre los godos como religión mayoritaria al menos hasta el III Concilio de Toledo (589). Este hecho es importante en lo relativo a la historia del medievo cántabro, ya que, como veremos mas adelante, no será la primera doctrina considerada herética que se adoptaría en el Reino de Toledo, en contraposición a la ortodoxia del cristianismo del norte de la península.

Un hecho clave se produjo en el año 574, cuando Leovigildo ataca Amaya. Según la Chronica de Iohannes Biclarensis, el rey visigodo Leovigildo atacó Cantabria en el año 574 como parte de un plan para acabar con el reino suevo de Galicia; ocupó Amaya, según algunos autores, centro territorial que se articulaba como capital de los reductos poblacionales hispano cántabros, que pervivieron tras el desmembramiento de la administración romana de aquellas tierras. De este modo el biclarense alude a este hecho destacando que Leovigildo invadió sus haciendas y devolvió este territorio a su jurisdicción configurándolo como la provincia visigoda denominada Ducado de Cantabria. Se trata sin duda de un hecho importante cuyo impacto pervivió en la memoria de los pobladores durante siglos. De hecho, existe un relieve en un relicario de un arca románica de marfil de San Millán de la Cogolla, fechado a principios del s. XI, que presenta a Leovigildo castigando a los habitantes de Amaia, y en él figura la inscripción: ubi Leovigildo rege cantabros occidit (donde el rey Leovigildo castigó a los cántabros). Según argumenta Marta Poza Yagüe (UCM. Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. IV, no 7, 2012, pp. 29-36), "el mismo San Millán recibe el encargo de anunciar a los cántabros su destrucción por parte de las tropas de Leovigildo si no enmiendan su estilo de vida (de excicio Cantabriae ab eodem nuntiato / ubi Leovigildo rege cantabros occidit)".


REPRODUCCIÓN DEL RELIEVE DEL ARCA DE SAN MILLÁN EN EL MUPAC

Al frente del Ducado de Cantabria se elige, según la tradición administrativa visigoda, a un Dux o Duque. El ducado coincidía territorialmente con el antiguo territorio de la cantabria romana, según defienden historiadores como González Echegaray ("Los Cántabros", Madrid, 1966, pp. 233-239) o Pérez de Urbel ("El condado de Castilla", Madrid.1945, p. 51 ). Bien es cierto que la ausencia de fuentes ha generado algún que otro debate historiográfico ya que las fuentes documentales apenas sí hacen referencia a Cantabria con este nombre, dado que prevalecerá el de Asturias para las diferentes comarcas: Asturias de Santillana, Asturias de Trasmiera y Asturias de Laredo. Aunque lo cierto es que, aunque escasas, si existen algunas menciones, caso de una carta del rey visigodo Sisebuto (612-629) a Isidoro de Sevilla donde se habla del "cantaber horrens", mención recogida por Eduardo Peralta Labrador en su Libro "Los Cántabros antes de Roma" ( Real Academia de la Historia, 2003).

Dejándo a un lado estériles debates, lo cierto es que durante ésta época el territorio cántabro constituyó un continuo foco de conflictos para el inestable reino visigodo. De hecho en 711, fecha de la invasión árabede la Península, el rey Roderico se encontraba en plena campaña militar al norte de sus dominios, según algunas fuentes árabes que indican que Roderico estaba de campaña contra cántabros y vascones en el momento del desembarco, aunque la Crónica Mozárabe de 754 no indica que hubiera habido ninguna expedición militar a este respecto.

De la pervivencia del Ducado de Cantabria al hundimiento del reino visigodo, nos da noticia la Crónica Albeldense o Codex Conciliorum Albeldensis de 881, que se refiere a Alfonso I como "«iste Petri Cantabriae ducis filius fuit», o "fue hijo de Pedro duque de Cantabria". De este modo algunos historiadores sitúan el origen de la reconquista peninsular en los territorios lebaniegos, de donde emerge la dinastía del Duque Pedro de Cantabria y sus hijos Alfonso y Fruela, para muchos, el origen del primer reino cristiano. El debate historiográfico en torno al origen cántabro del primer reino cristiano sigue aún hoy vigente, aunque la Real Academia de la Historia ya en 1916 recogía en un dictámen que los orígenes de la Monarquía “hay que buscarlos en la indómita Cantabria”, basandose en los estudios del Historiador asturiano Armando Cotarelo.

 

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